NOTICIAS. Santiago Alba Rico

by on July 16, 2010

santiago-alba-ricoExtractos del libro “Noticias”, de Santiago Alba Rico.
Editorial Caballo de Troya.

Noticia 10

12 de abril de 2009.

Fuente: “Hergesia News”

Acusado de asesinato después de desconectar el aparato del que dependía la vida de toda su familia.

Por razones todavía desconocidas, J.F., un joven empleado en una empresa de instalaciones sanitarias, entró el viernes en su casa, donde estaba reunida toda su familia, y cometió un ines­perado y atroz acto de violencia: apagó la televisión. Denun­ciado por unos vecinos, el joven fue detenido y aguarda ahora en prisión un juicio que puede acarrearle una severa condena. Según el código penal de Hergesia, el más vanguardista del inundo, desenchufar, apagar o simplemente bajar el volumen de la televisión es un delito mucho más grave que el de estu­pro o violación y sólo equiparable al de homicidio voluntario. Colegas, amigos y vecinos aseguran que J.F. era un joven -completamente normal» y de los interrogatorios no se han podido extraer hasta ahora conclusiones decisivas. «Metí la cabeza bajo el agua del mar y vi allí cosas tan maravillosas que no pude soportar la televisión», ha declarado ante el juez de instrucción. ¿Un momentáneo extravío mental? ¿Una profunda depresión? La policía no descarta, en todo caso, que el deteni­do pueda ser miembro del OFF (Orden Feliz Fundamental), una fanática organización terrorista que llama a asesinar to­das las pantallas para encender, en su lugar, los cuerpos, las palabras y las imágenes.


Noticia 4

6 de abril de 2009. The Ecologist (Dunkeld, Escocia)

Un árbol del bosque de Birnam corre a dar sombra a una niña dormida al sol

Un roble milenario del bosque de Birnam (Escocia) recorrió el sábado más de tres mil kilómetros para socorrer a una niña que se había quedado dormida al sol en las afueras de Dir-Yamil, en Mauritania. Cansada de acarrear agua desde el pozo —distante doce kilómetros de la aldea—, Leyla Anuar, de trece años, se sentó un instante en la arena en el mismo momento en que Ghul, el dormidor de muchachas, cruzaba el desierto con sus besos dulces y envenenados. La poderosa sombra del roble de Birnam la salvó de una muerte segura. Ahora el árbol se niega a volver a su ubicación original. Es el primer caso conocido de migración arbórea y la inquietud se ha apoderado de científicos y políticos de la UE. Se teme que el caso de Birnam no sea más que el comienzo de un nuevo fenómeno irresistible y todos los bosques de Europa, hartos de dar sombra a los europeos, huyan a África.


Noticia 9

11 de abril de 2009. Ecologistas en acción

Después del cambio climático, los científicos advierten de una nueva amenaza: el cambio cromático

Mientras seguimos buscando soluciones al ascenso de la tem­peratura planetaria y a sus consecuencias apocalípticas, un nuevo peligro se cierne sobre el mundo: el cambio cromático. Desde hace algunos años se viene observando en algunas re­giones del planeta una pérdida apenas perceptible de los colo­res: rojos menos intensos, verdes más pálidos, azules desteñi­dos hacia el blanco. En la ciudad de Nakislún (Corea del Sur), el fenómeno se ha vuelto tan clamoroso e inquietante que las autoridades locales han pedido la intervención del gobierno central y de las Naciones Unidas. Una disminución alarmante de la intensidad cromática amenaza con decolorar para siem­pre una de las zonas más abigarradas y vistosas del planeta. Un otoño generalizado cubre todas las cosas de Nakislún —natu­rales y artificiales— de un cobre amarillento: las trinitarias más rojas del mundo se vuelven pardas, la hierba más verde pierde su brillo, la nieve más blanca adquiere tinte de agua su­cia, el azul más puro se agrieta en manchas de ligerísimo café. Los paisajes, los tejados, los vestidos, las esmeraldas, se van apagando poco a poco bajo una fuerza succionante descono­cida. Algunos lo atribuyen a la contaminación ambiental; otros a experimentos practicados en secreto en la cercana base estadounidense de Yi-Chen; pero la mayor parte de los habi­tantes de Nakislún está convencida de que en alguna de las casas del pueblo hay alguien pensando intensamente, lo que fue prohibido en 1567 después de que la actividad mental desen­frenada de un herrero enamorado derribase sobre el pueblo la colina Yu. Se han organizado patrullas para localizar al infrac­tor mientras grupos de pintores voluntarios se dedican a colo­rear minuciosamente todas las flores de Nakislún; y piquetes de muchachas vuelven a teñir de rojo cada dos horas todos los vestidos de la población.

¿Habrá que temer a continuación un «cambio acústico»? De la ciudad de Túnez llegan noticias de pequeños desajustes sonoros para los que tampoco se encuentra una explicación segura. A Lucía Alba, adolescente de dieciséis años, se le cayó el vaso que tenía entre las manos y tardó algunos segundos en escuchar, no un estrépito de cristales, como era de esperar, sino un chirrido de cerradura. Los sonidos parecen distanciarse de las cosas y confundir además sus relaciones. Al abrir la vieja ventana, Taher Uthman, catedrático de ciencias islámicas, oyó un balido de oveja y no un gemido de bisagras; de la ducha de Yamila Gammarth, telefonista, salió primero un chorro de agua y unos instantes más tarde un aria de flauta muy triste. Los sonidos llegan tarde y de otros sitios; quizás incluso de otros países; quizás también de otros siglos. Se ha reportado el caso de martillos que mugen, sierras que tintinean, violines que pían, gallinas pianísticas, tacones fluviales, máquinas de coser orgásmicas, motores que ríen, papeles que tosen, perros que zumban y guisos sobre el fuego que piden socorro en len­gua rusa. Los aficionados a la música se sientan en la calle a escuchar las excavadoras, que emiten ahora armoniosos acordes de laúd; y los ricos abandonan sus casas junto al mar, cuyas olas mueren en la playa con estrépito de balacera. «Los sonidos están desordenados», declara Jumad Samir, peluque­ro homosexual que ha tenido que renunciar al amado por­que, cada vez que acariciaba su cuerpo, de su piel se elevaba un bullicio de tráfico tan escandaloso —bocinas y motores— que todos los vecinos salían al patio a protestar. «Y cada vez que pienso en mi desgracia», concluye, «zumbo como un enjam­bre de abejas y todos huyen de mí.»

La inquietud no deja de aumentar. Si pensar comienza a hacer ruido, es posible que en Nakislún localicen al trans-gresor que succiona los colores, pero, ¿podremos soportarlo? ¿Será soportable un mundo tan sonoro?

Noticia 16

18 de abril de 2009. El País Deportes

El lanzamiento más largo de la historia

Al salir al amanecer de casa de su amante, junto al río Medjerda (Túnez), Ahmed Trabelsi, cristalero de treinta y dos años, se agachó, cogió una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas al aire. Aún no ha caído.


Noticia 17

19 de abril de 2009. Rocambole Today Breves

Inmigrante ilegal en 36 países detenido también en Holanda

Y. L, calderero nigeriano de 25 años, ha sido detenido en Holan­da por no tener papeles y conducido a un Centro de Detención Especial. Y. L. está ya detenido en centros de España, Francia, Bél­gica, Gran Bretaña, Suecia, Finlandia, Canadá, EE.UU. y otros 28 países, mientras que en estos momentos está siendo perse­guido en Dinamarca, Japón y Australia, y se oculta en Corea del Sur y en Italia. Las autoridades holandesas han descartado emi­tir una orden de expulsión contra él porque Y. L. nació con una enfermedad genética muy poco común (UGR) y posee el don de la ubicuidad. Ningún hombre ha sido antes arrestado, humillado, torturado y encerrado tantas veces: al menos en 7.892 oca­siones. «Puedo estar en todas partes», ha declarado Y. L. a los pe­riodistas, «lo que para un pobre es una gran desgracia.» El único otro caso conocido de UGR (Ubicuidad Genética Recidiva) es rl de H. J., conocidísimo magnate de las finanzas residente en Mónaco, que considera su enfermedad, al contrario, un regalo del cielo. «Puedo estar al mismo tiempo en todas las playas del mundo, en todos los hoteles y restaurantes de lujo, en todos los vates y fiestas y dirigir todas mis empresas personalmente.» Se­gún los especialistas, ni la UGR ni la pobreza tienen curación.

Noticia 21

23 de abril de 2009. La Press Resultados de la lotería

Mira por la ventana y sorprende a un fruto dejándose caer de un árbol

Las cosas importantes ocurren normalmente a nuestras es­paldas. Nunca estamos ahí cuando, tras siglos de erosión, la roca se desprende por fin del arrecife ni cuando el hielo cruje con su primera grieta ni cuando el gato da un zarpazo a un rayo de sol. ¿Y quién estaba ahí cuando a la larva le salen final­mente las alas? Nuestra afortunada ganadora de esta semana, P. G., contable de banca de treinta y un años, abrió ayer la ven­tana en el mismo momento en que, por encima de la tapia, la higuera del vecino perdía uno de sus frutos: con una emoción y una alegría que nunca había sentido antes (ni siquiera de­lante de la televisión) vio el higo desprenderse de la rama, sin intervención humana, por el propio peso de su dulzor, y caer redondamente al suelo. «Fue… no sé… como si las cosas real­mente existiesen ahí fuera», declaró P. G. a La Press. El ministro de Momentos Justos le hará entrega del premio: dos entradas para ver pasar un tronco de ceiba en la corriente de un río, dos horas de talento poético y ciento veintinueve palabras nuevas para que pueda describir con precisión lo que vea.

Noticia 23

25 de abril de 2009. Muy Interesante

Científicos canadienses descubren la dimensión espacial de las emociones

Hasta ahora sólo se había podido medir su duración y su in­tensidad, pero ahora un grupo de investigadores de la Univer­sidad de Ottawa ha demostrado que las emociones tienen también extensión y que sus territorios son accesibles me­diante la manipulación de ciertas proteínas fácilmente sintetizables. Algunos datos del informe presentado a la prensa bas­tan para subrayar la importancia de este descubrimiento: una angustia convencional, por ejemplo, mide 45.000 hectáreas; dos minutos de compasión tienen la extensión de España y en la modesta alegría de una adolescente con zapatos nuevos cabe todo el continente americano. El informe añade que los miles de kilómetros cuadrados de la nostalgia tienen techo y que las cordilleras de la cólera y la pasión están pobladas de selvas impenetrables. Las posibilidades que abre a la humani­dad la exploración territorial de los sentimientos y emociones son ilimitadas. Las familias pobres podrán construirse una casa en el interior de su deseo de ser ricos y ampliar su vivien­da —habilitando y amueblando un pequeño arrebato de fer­vor religioso— cada vez que tengan un nuevo hijo; los emi­grantes, por su parte, podrán viajar a sus propias ambiciones de progreso; y todos podremos cultivar tomates —y hasta construirnos una piscina— en el júbilo de una victoria de­portiva. Miles de continentes nuevos se abren a la expansión del género humano, que podrá crecer sin límites, multipli­cando con cada nuevo nacimiento el número de las tierras dis­ponibles. «Hay espacio para todos», ha declarado Jean-Pierre Cleves, director del Departamento de Innovación y Desarro­llo de la universidad. «La extensión potencial del planeta se ha multiplicado por infinito», ha añadido Howard Pearl, coordinador del equipo.

Algunos ecologistas y activistas de izquierdas han expresa­do su temor de que las grandes compañías multinacionales traten de privatizar, patentar y/o invadir las emociones ajenas. De hecho, la casa Monsanto ha empezado ya a cultivar maíz transgénico en 500.000 hectáreas de miedo mexicano; y la ca­dena hotelera Marriott, asociada con la constructora esta­dounidense KB Home, está levantando una enorme estructu­ra turística —miles de rascacielos, campos de golf y centros comerciales— en 504.565 km2 de esperanza senegalesa. Por su parte, miles de amantes en todo el mundo se preparan para defender con las armas sus orgasmos compartidos, las tierras más extensas, ricas y bien regadas del universo.

Noticia 37

9 de mayo de 2009. El Universal Internacional

Sólo los pechos de Verónica se mantienen frescos El calor derrite las voces en Maracaibo.

La intensa ola de calor que ablanda desde hace dos días Mara­caibo (Venezuela) ha empezado esta mañana a derretir tam­bién los sonidos y las voces, que cuelgan en el aire como man­chas de aceite o escupitajos de betún. La palabra «yo» se convierte en chocolate negro; «recuerdo», «beso» y «cadera» se convierten en jugo de guayaba; «te llamo» se convierte en resina verde; «te quiero» en lluvia azulada; «revolución» en un borbotón de espuma; «dinero» en orina densa; y la palabra «sangre» se convierte, obviamente, en sangre. Los maracuchos, que no enmudecen jamás, avanzan por las calles nadan­do trabajosamente en el océano de sus propios discursos, mezclados en un caudal pastoso que no deja de aumentar.

En medio de este infierno, sólo los pechos de Verónica, jo­ven soltera empleada en una frutería, se mantienen frescos y firmes. Miles de hombres, mujeres y niños hacen cola a la puerta de su casa, donde Verónica espera sentada y con la ca­misa abierta. Pasan, apoyan un instante la cabeza en su pe­cho y se llevan durante horas ese preciado frescor sin el cual no podrían sobrevivir. Maracaibo resiste gracias a Verónica y Verónica está muy contenta. «Nadie me quería y ahora todos me abrazan, ha declarado a ViVe-TV. Con los ojos cerrados, sintiendo el calor de una cara contra su pecho frío, sueña con un futuro mejor.

Noticia 41

13 de mayo de 2009. The Star Sucesos

Mantiene retenida una silla desde hace más de tres años «No me levantaré nunca más», ha declarado el perturbado.

Un perturbado de Preston (Inglaterra) lleva tres años sentado en la misma silla y se niega a levantarse. William Forrester, cartógrafo de cincuenta y siete años, se aferra a una vieja silla de la temporada 2006, pasada de moda y despintada, donde trabaja, come, duerme y hace sus necesidades, atendido por el único de sus hijos que no lo ha abandonado. Ni los señuelos ni las presiones han servido para disuadirle de su actitud. Ha re­nunciado al remo, que tanto le gustaba, y a los veraneos en Bath, donde tiene una casita, para poder proteger su silla vieja. Ni siquiera se ha dejado tentar por el nacimiento de su nieto ni por una invitación a Palacio. E incluso se negó a atender una petición de auxilio de su mujer, que se había caído en el baño, con tal de no levantarse de su silla. «No pienso levantarme», ha declarado. «Mi mujer puede marcharse, si quiere, pero mi silla no.» Y ha añadido: «Defenderé mi silla hasta la muerte». Nadie comprende la actitud de Forrester. «Todo fluye, todo cambia, todo se renueva, es la ley de la naturaleza», se in­dignan sus vecinos. Desde tiempos del filósofo Heráclito sa­bemos que es imposible bañarse dos veces en el mismo río; desde hace algunos años, tras el llamado «ajuste geológico global», sabemos también que es imposible sentarse dos veces en la misma silla. Cada vez que nos levantamos y volvemos a nuestra habitación, nuestra silla ha cambiado de color; es dis­tinta, más bonita, más cómoda, más nueva. Vamos al cuarto de baño o a la cocina, o nos incorporamos para buscar un libro o un papel, y al regresar nos han cambiado la silla por otra mejor. Apenas alzamos el trasero un instante del asiento y la siguiente silla ya ha sutituido a la anterior, en un proceso tan rápido e imperceptible que basta reacomodarse un segundo sobre las piernas para que se produzca la sucesión sin ningún peligro para el usuario. Al principio —recordarán nuestros lectores— a todos nos gustaba poner a prueba el cum­plimiento de la ley y estrenar una silla nueva cada pocos segundos. Durante los primeros meses, muchos europeos se pasaban el día levantándose y sentándose, cada vez más depri­sa, para ver aparecer, una detrás de otra, sillas de nueva gene­ración bajo sus posaderas. Un estudiante de Salamanca, Jacin­to Estrada, llegó a gastar en una sola jornada —el 9 de enero de 2005— 84.223 sillas de todas las formas, materiales y colo­res. Luego la fiebre pasó y hoy se calcula que cada europeo gas­ta de media unas 25 sillas y sillones al día, sólo un poco por de­bajo de EE.UU. (28) y Japón (27). Un estudio de la revista Forbes estima que un ciudadano occidental de treinta y cinco años aún se sentará en unas 410.000 sillas distintas, cada vez más confortables y elegantes, antes de morir.

Pero William Forrester, a pesar del deterioro de su salud y su aislamiento creciente, se resiste insensatamente a este pro­greso. Sus amigos y vecinos le han suplicado sin resultado que se levante, escandalizados por este atentado al buen gusto y al sentido común. Por su parte, la ODS ha convocado una mani­festación bajo su ventana para protestar por lo que considera un acto de crueldad y exigirle que deje marchar la vieja silla y llegar la nueva. Como el «ajuste geológico global» es un fenó­meno reciente no hay todavía ninguna ley que prohiba a los ciudadanos no levantarse de las sillas. «Nunca lo creímos ne­cesario», ha manifestado Robert Brian, dirigente de la ODS, «pero la irresponsable e inexplicable actitud de Forrester nos obliga a proponer al Parlamento una modificación del Código Penal.» La propuesta, de momento, no cuenta con el apoyo de todos los grupos políticos. Cordón Brown, líder laborista, prefiere no recurrir a medidas represivas: «La vitalidad del mercado es irresistible; tarde o temprano, Forrester tendrá que levantarse».

Preguntado por este periódico, Forrester asegura que eso no ocurrirá jamás y trata de justificar su obstinación. «No es sólo que me guste mi silla vieja; a veces también tengo miedo.»

Y enseguida ha añadido: «Tengo miedo, sí. ¿Nadie se ha preguntado nunca de dónde vienen todas estas sillas y adonde van aparar?».

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