TRATEMOS AL LIBRO COMO UN ENTE SUBVERSIVO

by Silvia Bardelás on January 27, 2017

Goytisolo-Premio-Cervantes-Casar-Real_TINIMA20150423_0302_5 Nos hemos olvidado de que la literatura es subversiva, de que está guiada por un impulso de subvertir el orden establecido. Quizás esta sea la razón fundamental por la que se esté dejando de leer. Que las instituciones sean las encargadas de fomentar la lectura no deja de ser uno de esos movimientos enrarecidos de nuestro sistema. Déjame a mí, me encargo de organizarte la vida y también organizo tu subversión. Déjame gastarme el dinero que podría utilizar en fomentar la creatividad en decirte que tienes que leer. Tienes que leer porque es bueno, fomenta tu creatividad, te hace culto, dicen que es fundamental para sostener una sociedad democrática y abierta. Todas las razones del fomento de la lectura son auténticas, pero se olvidan de una cosa: si no hay subversión, no hay deseo de leer. Y las instituciones están para hacer cumplir un orden, el que se lleve en cada momento. El libro solo puede vivir al margen de las instituciones. El libro es marginal. ¿Quién no quiere ser marginal, salirse de la norma, dejar de ser masa en algún momento del día? Ése es el poder de la literatura.
La lectura no puede ser fomentada institucionalmente. La literatura no necesita ser fomentada, se fomenta sola cuando responde a su forma de ser subversiva.

No me hagas comprar un libro porque es best seller, porque ha ganado un premio, porque está reconocido por la masa, porque es políticamente correcto, porque forma parte del entramado de una editorial que es tan empresa como un supermercado, peor, como una energética, con poder además para enraizar nuestros gobiernos, esas instituciones que no nos abarcan en nuestra peculiaridad, unicidad, singularidad, como queramos llamarlo, aquello que nos hace sentir vivos.

Todo responde a un mecanismo siniestro: la gente no lee porque prefiere el fútbol, ¡evidentemente, la gente prefiere sentir! Le presentan el libro como un acto bondadoso de cumplimiento con lo que hay que ser: culto. Pero ese ser culto se vende como lo más aburrido del mundo: ir a una librería y hablar bajito y preguntar con vergüenza sobre un libro o ir a una presentación donde hay un reparto de puestos: el autor, el editor, el presentador. Las sillas delante, los vinos en una esquina. No se puede comparar con un espectáculo que te hace gritar o saltar. No lo podemos comparar con los programas de la tele dedicados a los libros, en blanco y negro, con tanta contención, y no hablemos de la forma de dar los premios, con el rey presente y la reina aplaudiendo lo que dice el rey.

No puedo remediar cuando voy a la presentación de un libro, incluidas mis presentaciones, imaginar a Dostoyevski presentado su libro. ¿Le daría un ataque epiléptico? ¿Contaría sus horas de sufrimiento, los cambios de su personalidad mientras escribía el libro, los pensamientos inconfesables que lleva consigo el proceso de escribir? ¿Sería capaz, como irremediablemente se hace, de contar lo que le sobra? ¿Podría tomar al final de su discurso una copa de vino después del aplauso final, que haga lo que haga siempre va a caer porque no significa nada, de hecho nadie se ha leído el libro , nadie va con ganas de hablar del libro. No puedo dejar de pensar que es el aplauso al libro muerto, ya aceptado institucionalmente.

Tampoco puedo evitar imaginar a Goethe metido en una claustrofóbica caseta de una feria del libro, firmando ejemplares sin tener la oportunidad de crear un vínculo real con ningún lector. Y después limpiarse el sudor de la cara por el calor asfixiante y escuchar ese megáfono que anuncia que otros cien como él están haciendo lo mismo en otras casetas.

Cuando el sistema da el visto bueno a los libros, mal asunto. Seguramente nunca se ha leído más en este país que cuando los libros estaban prohibidos. Nadie quiere esa situación, pero está claro que el anuncio de un libro no puede ser desde un acto institucional. El libro no celebra nuestras instituciones. El problema de este nuestro sistema es que lo abarca todo, también la literatura, también los huecos por los que podemos huir aunque sea temporalmente. Yo te organizo la escapada.

La literatura es escurridiza, no permanece en ningún sistema. Tampoco podemos hablar de editores, lectores, librerías independientes. No termina de encajar en lugares con slogans. Tratemos al libro según su espíritu, como un ente subversivo, no lo matemos con un tratamiento institucional.

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